martes 28 de abril de 2009

La Edad de Oro (Daniel Vidart)


Illo tempore
La Edad de Oro

Así como la tradición bíblica coloca en el comienzo de la vida humana a la pareja formada por Adam y Eva en el Jardín del Edén, el tan mentado Paraíso Terrenal, sede del ocio y la inocencia, los mitos de otros pueblos también inician la historia a partir de una edad sin mal, sin guerra, sin enfermedad, sin la penuria del trabajo y, muchas veces, sin la ominosa presencia de la muerte.

Una transgresión, generalmente a cargo de una mujer, enoja a los divinos hacedores y custodios de la humanidad recién inaugurada, cuya cólera, muchas veces excesiva, termina con los dones de aquella época feliz. Comienza entonces una decadencia de las costumbres, un sucesivo envilecimiento de las almas, una pérdida de la primitiva felicidad y perfección que igualaba en más de un sentido a los hombres con los dioses.

Los gerontes de la tribu y los portadores campesinos del folclore, aquellos memoriosos ancianos que se acuclillaban junto al fuego rodeados por ávidos oyentes, conservaron los relatos que evocaban mundos perfectos y sociedades dichosas y, de tal modo, esa herencia mítica guardada por la tradición oral, y recogida luego por escrito, dio origen, entre otras cosas, a múltiples interrogantes acerca de los motivos que originaron la nostalgia que se manifiesta en todas las sociedades, las antiguas, las arcaizantes y las modernas, acerca de un lugar y un tiempo en los que unos intachables antepasados, víctimas de una Caída, sufrieron una desgraciada involución en el orden del cuerpo y del espíritu. Algunos antropólogos opinan que se evocan los tiempos anteriores a la agricultura, época en la que aparecen la propiedad de la tierra, la acumulación de la riqueza y el inicio de la mano de obra cautiva. Otros se internan en las profundidades del inconsciente, en el útero primigenio de la madre naturaleza, donde todo era reposo y deleite fetal. Otros, finalmente, se remiten al “todo tiempo pasado fue mejor”, que atraviesa con un hilo de nostalgia las cuentas de los años y las generaciones.

El discurso del Quijote a los cabreros
En honor a los cuatrocientos años del Quijote, la mejor novela de todos los siglos, y sin que ello constituya un anacronismo sino un portal para encontrar las menciones originarias del illo tempore– quiero transcribir parte del discurso que les espetó a unos atónitos pastores de cabras aquel caballero que vivía y actuaba a destiempo con el siglo XVII, llamado “de hierro”.

Seamos entonces cabreros todos –pero sin enojo– para escuchar de nuevo aquella memorable evocación del descabalado manchego: “Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad del hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes, a nadie le era necesario para alcanzar su ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas, que literalmente los estaban convidando con su dulce y sazonado fruto. [...] Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia; aún no se había atrevido la pesada reja del corvo arado a abrir ni visitar las entrañas piadosas de nuestra primera madre, que ella, sin ser forzada, ofrecía... [...] No había la fraude, el engaño ni la malicia mezclándose con la verdad y llaneza. La justicia se estaba en sus propios términos, sin que la osasen turbar ni ofender los del favor y los del interese, que tanto ahora la menoscaban, turban y persiguen. La ley del encaje aún no se había asentado en el entendimiento del juez, porque entonces no había qué juzgar, ni quién fuese juzgado. Las doncellas y la honestidad andaban, como tengo dicho, por dondequiera, solas y señeras, sin temor de que la ajena desenvoltura y lascivo intento las menoscabasen, y su perdición nacía de su gusto y propia voluntad. [...]”

Queda a cargo del lector interpretar el secreto sentido de estas frases, aunque es bueno aclarar que por entonces se decía la fraude y no el fraude y que la ley del encaje era la ley del embudo, aplicada según el talante del juez y no la ordenanza de la ley. Tampoco tiene desperdicio el apunte acerca de la virtud de las doncellas, que se perdía por deseo propio y no por violencia ajena. Pero todo esto, con ser tan diciente, viene de rebote. Vayamos entonces a las fuentes mediterráneas y a las orientales para hallar los primeros testimonios literarios acerca de aquella aurora ingenua, perezosa y feliz de la humanidad.




El relato de Hesíodo
Siete siglos antes de nuestra era un poeta y labrador griego, originario de Beocia, compuso un singular poema llamado Los trabajos y los Días (Erga kai Hemerai), donde exaltaba los valores del trabajo y la justicia. Su voz se levanta airada contra los despiadados terratenientes, contra los jueces venales, contra los agricultores disipados, haraganes y picapleitos, entre los cuales figura su hermano Perses. Es en este poema donde se evoca el mito de las distintas razas de hombres que, en una espiral descendente, de progresiva decadencia, transitan desde la raza o generación de Oro hasta la de Hierro, a la que pertenece, según lo reconoce expresamente el inspirado labriego.

Quiero aclarar que muchos comentaristas de este mito suponen que, de acuerdo con lo que en él se narra, las sociedades humanas han degenerado paulatina y linealmente a lo largo de los milenios. Pero no es así. Los griegos creían en la circularidad del tiempo cósmico y existencial. El Eterno Retorno obraba a lo largo de un Gran Año, o sea un ciclo que Platón, influido por los pitagóricos, fijó en 72. 000 años –la primera mitad de ascenso y la segunda de decadencia–. En ese largo período todo perecía y renacía para volver luego a extinguirse, copiándose y repitiéndose a sí mismo, tanto en el universo de las formas como en el de las sustancias. Dichas ideas acerca de la reiterada y fatigante ronda temporal de mundos y humanidades, creación tras destrucción y viceversa, prohijaron el mito de las razas de oro, de plata, de bronce, de héroes o semidioses y de hierro que describió Hesíodo en su poema moral, al cabo fiel vocero de las tradiciones populares de su época, la convulsa Edad Media griega.

La raza de Oro
Hesíodo no habla de una edad sino de una raza de oro. Kryseon mèn prótísta genos meróton anthrópon (“de oro fue la primera raza –o generación, o estirpe– de hombres perecederos “) escribe claramente en el verso 109 de su poema. Esta raza de hombres del amanecer vio la luz cuando reinaba Kronos, el hijo del Cielo (Ouranos) y la Tierra (Gea). Este dios alabado por los poetas, no obstante su fama de bonachón y permisivo devoraba a sus descendientes para que no lo destronasen, salvo Zeus, el futuro parricida y sucesor, quien, escondido por su madre en Creta, escapó al filicidio. Y bien, bajo la égida benevolente de Kronos –las kroniai, o sea las fiestas instituidas en su honor, al igual que las saturnales romanas, fueron las lejanas simientes del carnaval.

“Vivían como dioses, con el corazón libre de cuidados, sin padecer penurias ni miserias. No sufrían las afrentas de la vejez; sus pies y manos conservaban la fuerza juvenil; les encantaban los festines, lejos de los afligentes males, y morían como se duerme. Disfrutaban de todos los bienes; el suelo fecundo producía por sí solo una abundante y generosa cosecha, y ellos, llenos de alegría y de paz, vivían de lo que espontáneamente brindaban sus campos, en medio de infinitos dones.”

Lo dicho por este sufrido labrador a su díscolo hermano Perses alcanza para aquilatar los beneficios de una era ideal, plena de abundancia, carente de egoísmos, comunista en la praxis si no en la (inexistente) teoría, pues la solidaridad y la ayuda mutua eran el común denominador de las sociedades humanas. A todo ello se sumaban las virtudes de una naturaleza pródiga, considerando el “afuera”, y una salud corporal y mental perpetuas, considerando el “adentro”, cuyos beneficios contribuían para que aquella gente sin arriba y sin abajo estuviera al margen de los conflictos sangrientos, libre de enfermedades, exenta de labores agobiantes y alegrada por continuas francachelas.

El poema Las Purificaciones del filósofo Empédocles de Agrigento (483 - 430 a. J. C.) se refiere también a una edad primera en la cual las sociedades de felices mortales no tenían “ningún dios Ares [el portador de la Discordia, el dios de la Guerra], ni Kidimo, ni Zeus rey, ni Krono ni Posidón, sino una sola reina, Cypris [Afrodita, la señora cósmica del Amor]. Los hombres la propiciaban con imágenes piadosas, con pinturas de animales, con ungüentos de delicada fragancia, con sacrificios de mirra pura y de incienso oloroso, derramando en tierra libaciones de miel dorada. No humedecía el altar la sangre inmaculada de los toros pues se consideraba como cosa abominable el quitarles violentamente la vida y devorar sus nobles miembros”.

Era esta una época de piedad sencilla, de paz y vegetarianismo, lo que nos retrotrae a la recolección vegetal de la más lejana historia. Dicha edad tranquila y armoniosa, donde la fraternidad no era solamente una bella palabra sino una práctica cotidiana entre todos los seres vivientes, termina cuando comienza el derramamiento de sangre humana y de sangre animal. Los combates por los cotos de caza a raíz del consumo de carne venatoria acarreó el advenimiento de la discordia y el fin de las buenas relaciones con las bestias inocentes que vivían en hermandad con los hombres. Ese fue el pecado original que terminó con la Edad de Oro, según la versión de Empédocles, recogida luego por Píndaro, aunque trasladando aquellas viejas virtudes a los Campos Elíseos, donde van las almas de los héroes sin tacha. (Olímpica II, dedicada a Terón de Agrigento.)

También existen resonancias de la Edad de Oro en Las Leyes de Platón y en los escritos de Dicearco, quien opuso la phronesis de la vida práctica a la sophía de los contemplativos, y en las obras del neoplatónico, y a la vez ecléctico, Porfirio, quien, enamorado de la Unidad Suprema, desarrolló importantes ideas acerca de la naturaleza del mal. Pero con lo expresado hasta acá sobre el viejo mito acerca del primigenio estado de gracia del hombre y su resonancia en la literatura y la filosofía helénica por ahora es suficiente.

La versión de Ovidio
Los romanos, al igual que los griegos, suponían que la historia se repetía indefinidamente: de un tiempo joven se pasaba a un tiempo maduro y luego a un tiempo envejecido, minado por la desesperanza, la corrupción y la desmesura de las pasiones y los vicios. Lo que al comienzo era puro y lozano se desgastaba al paso de los siglos, y al final todo se corrompía y se derrumbaba, desde el universo a la vida, desde las estrellas a los hombres. Luego el proceso empezaba de nuevo en un modelo pulsátil que reproducía, como en un calco, lo sucedido en evos anteriores.

Marco Aurelio afirmaba en sus Meditaciones que el alma racional, al contemplar la rueda del tiempo infinito “advierte las periódicas destrucciones y renacimientos del universo y de tal modo piensa que nada nuevo contemplarán nuestros descendientes y que nuestros ancestros tampoco pudieron ver mayores grandezas que las que nosotros vemos”. Y remataba su desolado razonamiento de este modo: “Un hombre de cuarenta años, dueño de una inteligencia normal, puede expresar que ya ha visto todo lo sucedido en el pasado y en el futuro, pues así de uniforme es el mundo”.

El fuego y el agua –erupciones gigantescas y diluvios mundiales– son los encargados de acabar con cada ciclo y el siguiente, generado a partir de las cenizas y ruinas del anterior, se inaugura con una nueva Edad de Oro. A esa Edad de Oro, y no raza o generación como decía Hesíodo, se refirió Ovidio (43 a.J.C. - 18 d.J.C.) en las Metamorfosis cuando describe las cualidades y características de cada uno de los cuatro grandes períodos –oro, plata, bronce, hierro– abarcados por el ciclo de nacimiento, juventud, madurez y senectud del Universo físico y viviente. Son famosos los versos 89–90 que encabezan la descripción de la Edad de Oro:
Aurea prima sata est aetas quae, vindice nullo, / Sponte sua, sine lege, fide rectumque cólebat.

Este inicio, al que agrego la traducción libre de los versos posteriores donde se da cuenta de los rasgos paradisíacos de aquella perdida Edad de Oro, prosigue del siguiente modo:
“La Edad de Oro fue la que nació primeramente. Sin leyes, sin magistrados, cumplía por si sola con la justicia y del mismo modo reinaba la buena fe. No se conocían ni el temor ni los castigos, no se redactaban leyes inicuas ni una muchedumbre suplicante temblaba ante los jueces, y los mortales vivían tranquilos sin su ayuda. Los mortales solamente conocían lo que estaba más acá del horizonte y las ciudades no estaban rodeadas por profundas fosas. No resonaban clarines ni trompetas, no se veían ni cascos ni espadas, y los pueblos, sin la presencia de los soldados, vivían tranquilamente, en plena paz, disfrutando una vida colmada de regocijos y placeres. La tierra, sin ser forzada, sin ser desmenuzada por el rastrillo ni herida por los surcos del arado, brindaba espontáneamente todos sus frutos. Los hombres, satisfechos con los alimentos que ella les ofrecía sin ser violentada (y violada), recolectaban madroños, cornejos, fresas de las montañas, moras adheridas a las zarzas espinosas y las bellotas caídas del poderoso árbol de Júpiter [el roble]. Por ese entonces reinaba una eterna primavera y los céfiros dulces acariciaban, con sus alientos suaves, a las flores nacidas sin cultivo.

En resumen, las campiñas todas, sin ser rejuvenecidas por ninguna labor, rendían el tesoro de sus espigas. Por aquí serpenteaban arroyos de leche, por allá corrían ríos de néctar y desde los huecos de las verdes encinas destilaba una purísima miel.”

Hasta acá lo que dice Ovidio acerca de aquellos maravillosos tiempos primitivos, cuando hombre y tierra eran hermanos y los mortales no conocían ni la propiedad privada, ni la explotación del semejante, ni las desmesuras del poder, la envidia y el egoísmo. Es decir, cuando aún no había ingresado, como se cuenta en Génesis 2, el mal en el mundo.

Orígenes chinos: la Edad Perfecta
Muy lejos del área mediterránea, donde florecieron las civilizaciones de Grecia y de Roma, los sabios y los poetas de otros pueblos evocaron, generalmente en medio de épocas terribles, la arcaica felicidad de unas gentes sin dolencias físicas ni carencias morales, sin confrontaciones bélicas ni querellas familiares, sin las aflicciones impuestas por un inclemente trabajo y una naturaleza agresiva. Se trataba, claro está, de la memoria popular hermoseada por los eruditos, pues antes que esos espíritus esclarecidos celebraran la primavera pacífica y fraterna de la humanidad, la sabiduría de los humildes había forjado, mitad imaginación y mitad realidad, el mundo de los mitos.

Los ejemplos son múltiples, a partir de las antiquísimas culturas de Sumeria y Babilonia, pero es en China donde el pensamiento filosófico y la sensibilidad poética manejan una sorprendente riqueza de símbolos cósmicos y antrópicos, en su mayoría provenientes de recuerdos, consejas y leyendas que se pierden en la niebla de los tiempos. Estas evocaciones son, sin que haya existido contacto histórico alguno ni secretas fuentes comunes, salvo los mitos neolíticos que recuerdan en todas las sociedades los tiempos anteriores a la agricultura, evocados por Morgan y Engels, sorprendentemente parecidas a las de la antigüedad clásica del orbe mediterráneo.

En tal sentido conviene citar unos conceptos de René Grousset, que figuran en su libro La Chine et son art: “Hay que buscar ejemplos en la América precolombina para hallar un aislamiento milenario similar al de la China. No obstante, si bien no se puede ignorar su poder creador, los indios americanos no fueron capaces de lograr valores humanos dotados de la universalidad que supo imprimirles el mundo chino.
Resulta esto lógico. Tan largo aislamiento, que permitía una prolongada incubación en un ambiente cerrado, certificaba de este modo la originalidad de una cultura, la china, que pudo haberse desarrollado, como un sistema de concepciones volcadas en sí mismas, inaccesibles para otras mentalidades. No obstante el espíritu chino, al igual que el griego y el latino, reveló su predisposición a las ideas generales. Ello permitió, como sucediera en Grecia y Roma, que pensara en términos de universalidad.

Del mismo modo que el genio grecorromano, el chino también, en su mundo, generó una sabiduría, una estética y un humanismo completos.”
No fue tan absoluto el aislamiento de China, hacia el siglo primero de la era cristiana tuvo contactos con el budismo, un estuario de las voces de la India y los ecos lejanos de Grecia –las secuelas helenizantes de la campaña de Alejandro Magno– y los más próximos del Irán. Los mongoles fronterizos, poseedores de virtudes hípicas pero bárbaros al fin también hicieron de las suyas, aunque los conquistados los conquistaron al fin con la delicada trampa de su cultura. A ello se sumaron las influencias nestorianas, maniqueas e islámicas. Pero toda esta metralla cultural disparada desde afuera no conmovió los cimientos del conservador y pragmático Imperio del Medio, tan apegado a las inmemoriales costumbres y a la numerología simbólica.

La visión de los viejos sabios
Vamos a comenzar por Lao Tse (o Lao Zi, según la nueva grafía, que en esta ocasión dejo de lado) quien, en su tratado sobre el Tao (esto es el Camino, el Principio de las Cosas, el Orden Cósmico, el Discurrir de la Sabia Naturaleza), recuerda la Era del Perfecto Carácter en la cual los hombres
“Se amaban sin saber que sentir el amor es benevolencia; eran honrados y probos sin saber que esto es lealtad; se prestaban mutuamente servicios y favores sin pensar que hacían o recibían un regalo. De tal modo sus buenas acciones no dejaban huellas ni quedaban registradas sus transacciones”.
Uno de los discípulos de Lao Tse, Chuang Tse, cantó loas a los tiempos en que los seres antiguos transcurrían en un mundo de sencillez primitiva en el cual “el yin y el yang se movían en armonía al par que la serena vida de las personas no era turbada por los malos espíritus de los hombres y los animales. Por ese entonces las cuatro estaciones se desenvolvían con un ritmo ordenado, la naturaleza creada estaba intacta y las gentes vivían muchísimos años”.

Por los tiempos de Sócrates, Platón y Aristóteles, cuando el pensamiento griego celebraba su apogeo, un colega de aquellos filósofos, el taoísta Lie–Tse, al exaltar la paz de los tiempos de la Suma Perfección y la Gran Armonía decía así: “Por ese entonces cundía la amabilidad y los hombres, sin peleas ni discusiones, vivían conforme a los dictados de la naturaleza. Hombres y mujeres fornicaban libremente pues no se estilaban los matrimonios. Sin manejar el arado ni levantar cosechas las gentes se asentaban en las frescas orillas de los ríos, y dado que el aliento de la Tierra era tibio no necesitaban tejer telas para vestirse. Se morían recién a los cien años sin tener que padecer enfermedades crueles ni muertes tempranas. Sin conocer la propiedad privada, todo era en ellos expansión y regocijo. Felices sin tregua no había en sus cuerpos decadencia ni vejez, y no los visitaban las tristezas, los sinsabores y las frustraciones”.
Como habrá podido comprobarse, se trataba de un cuadro idílico, semejante al de las otras edades de oro y paraísos soñados por la nostalgia de gentes asediadas por las desdichas y diezmadas por las guerras. Y no para acá la alabanza de aquellos tiempos ubicados en la legendaria edad de los orígenes, cuando gobernaban los San Huang –los Tres Augustos– y los Wu Ti –los Cinco Soberanos. El famoso Emperador Amarillo contaba en su Tratado sobre la Medicina que fue la violencia, cada vez más extendida y letal, la que acabó con el candor y la salud de aquellas remotas poblaciones.
Para finalizar, me remitiré al pensamiento del rebelde Pao Ching Yen, un outsider que no seguía los pasos del rebaño ni acataba las autoridades consagradas por la tradición. Este empinado personaje resume lo expresado por los precedentes sabios taoístas del siguiente modo:
“Por aquel entonces no se conocían ni los señores crueles ni los funcionarios rapaces. Sin que nadie lo ordenara el trabajador independiente salía por la mañana recién nacida a realizar sus livianas tareas y regresaba a su hogar a la hora del crepúsculo. Todos eran libres, se expresaban libremente y libremente se movían. Al no haber caminos montañeses ni puentes, ni embarcaciones, ni corrientes navegables, nadie pensaba invadir el terruño de esas gentes. Una milagrosa y mágica igualdad emparejaba a todos los hombres y no pensaban en sí mismos, entregados colectivamente al culto del Tao. No existían epidemias y luego de una larga existencia sobrevenía la muerte sin dolor, como si llegara el sueño. Todos tenían corazones limpios, incapaces de engañar, de calumniar, de maquinar traiciones. La comida alcanzaba para cubrir las necesidades de las gentes más humildes, las barrigas estaban ahítas y luego de comer abundantemente platillos bien sazonados, se emprendían, entre conversaciones de amigos y vecinos, largas caminatas para digerir los alimentos.”

El espíritu chino
A esta altura del discurso, que al fin de cuentas se convirtió en una antología de remotas voces orientales, ya no conviene seguir amontonando testimonios acerca de las Antiguas Perfecciones, o de las Cinco Virtudes, o de los Trece preceptos del Hombre de Bien, que campeaban en las ingenuas y ejemplares edades de oro. La numerología china, en este sentido, y lo aclaro para que el lector no se sorprenda, corre parejas con las axiologías morales y los mandamientos de la etiqueta.

Pero, no obstante estos espejismos virtuales, la quintaesencia del espíritu chino, integrado por el aliento cósmico del Ching y el elan vital del Chii, les está vedada a quienes no caminaran con los ojos bien abiertos “para que sabiendo mirar se aprenda a ver” como me aconsejaba el camarada Li mientras recorríamos, a pura pata, los senderos arcillosos de Shenshi, la provincia de áridas y amarillentas tierras, reviviendo el último tramo de la Gran Marcha de Mao.

Existen, a remolque de las aquí descriptas o navegando por sí solas a todo viento, otras edades de oro, sean las de los pueblos ágrafos, mal llamados salvajes, sean las de los campesinos analfabetos, cuya riqueza moral e ímpetu evocativo ayuda a disipar uno de nuestros más corrientes errores, tal como la creencia de que sólo la biblioteca y la academia son las dueñas de todo el saber acerca del mundo. Una cosa es saber, estar informado conocimiento afuera, y otra es entender, estar formado conciencia adentro.

Tal fue la magia cultural que animó el pensamiento y la sensibilidad de los pueblos clásicos –griegos y romanos– que desde el nicho mediterráneo acunaron a la civilización de Occidente y que, en el área monzónica, dotó con alas de dragón al vuelo de otra civilización cuya antorcha nunca extinguida iluminó, milenio tras milenio, las etapas históricas de las humanidades chinas.

La Edad de Hierro
El consolador mito de la Edad de Oro no nace porque sí. Es el producto de un rechazo a los tiempos difíciles en los que se debatía la humanidad griega en los tiempos de Hesíodo o a los padecimientos populares desencadenados en la antigua China por las continuas contiendas entre los Reinos Combatientes. En el caso griego el rey arcaico, el basiléus, había sido reemplazado por un enjambre de nobles terratenientes que oprimían a sus labriegos y combatían entre sí. Eran épocas revueltas, de stasis, esto es, de conflicto social, de triunfo de los fuertes y explotación de los débiles. No existía la justicia, los jueces venales eran corrompidos por los presentes de los nobles, los hombres armados, convertidos en lobos, actuaban como los personajes de un drama hobbesiano –homo homini lupus, ya se había lamentado Plauto– cuyo diario oficio era robar y matar. Dejemos que lo diga Hesíodo. Su dolida y por momentos admonitoria voz atraviesa los milenios como un eco de sí misma, reiterando el retrato de una humanidad ensañada contra la disminuida dignidad de su especie. Escuchemos, pues, la palabra del labriego poeta, quien se expresa con duras y amargas palabras:
“Oh, si yo no viviera entre esta quinta generación humana, o más bien si hubiera muerto antes o nacido después [No sorprenderse: este “después” menta al Eterno Retorno, a la circularidad del tiempo que, finalizado el período de decadencia y ruina, inaugurará una renovada Edad de Oro]. Porque ahora es la Edad de Hierro. Los hombres no dejarán de estar atormentados por trabajos y miserias durante el día ni corrompidos durante la noche [...] Entretanto, los bienes se mezclarán con los males [...] No será el padre semejante al hijo, ni el hijo semejante al padre, ni el huésped al huésped, ni el amigo al amigo, y el hermano no tendrá como otrora amor por su hermano. Los hijos impíos despreciarán a sus ancianos padres y proferirán contra ellos palabras injuriosas, sin temer la mirada de los dioses. Henchidos de violencia no devolverán a sus canosos progenitores los cuidados que ellos les prodigaron. El uno entrará a saco en la ciudad del otro. No habrá ninguna piedad, ni justicia, ni amables comportamientos, y sólo se tendrá respeto al hombre desmesurado e inicuo. Nada de equidad, pues, y nada de pudor. El malevolente ultrajará al justo con palabras perniciosas, y el perjurio será su diario alimento [...] Entonces los dolores se instalarán entre los mortales y no habrá alivio para sus desventuras.”

Ovidio también describe los horrores de esta Edad de Hierro y de la muerte a mano armada. Pero el escenario es otro.
Protinus irrumpit venae pejoris in aevum / Omnen nefas : fugere pudor, verumque, fidesques. . . .
Si se traduce esto y lo que viene a continuación en el curso de aquel ceñido y elegante decir latino, tendremos así expresada la queja de Ovidio al referirse a la Edad de Hierro:
“Todos los crímenes se precipitaron en masa en este siglo impío. Entonces huyeron el pudor, la verdad, la buena fe, y en su lugar reinaron el fraude, el artificio, la traición, la violencia y la nefasta sed de oro [...] La tierra, hasta entonces común a todos, como lo son el aire y la luz, sufrió el desacato del labrador que cercó su campo con límites firmes. Pero no alcanzó con pedir a la fecundidad del suelo las cosechas y alimentos necesarios para vivir; se descendió a las mismísimas entrañas de la tierra. Se desenterraron de tal modo los tesoros que ella había escondido en su seno [...] y que sólo sirven para acrecentar nuestros males. Ya habían aparecido el hierro homicida y el oro, más funesto todavía que aquél. También se hizo presente la guerra, cuya mano ensangrentada hace entrechocar las armas resonantes. Se vive, en consecuencia, de rapiñas.”

Unos pocos versos más, casi calcados de los de Hesíodo, finalizan la descripción de esta época negra, en la que todavía hoy la humanidad está sumida. Desdichadamente ha sobrevenido esta larga catástrofe porque prevaleció el lado titánico de la condición humana. No hemos salido aún de la Edad de Hierro. Más bien sus maleficios se han acrecentado: antes un brazo empuñaba una lanza o una espada y moría un hombre, hoy un solo dedo puede activar el disparo de una cabeza nuclear, matando a millones.
Y con el temprano advenimiento de los cuatro jinetes del Apocalipsis, cuyo delirio asesino ha sido acrecentado por la expansión planetaria de la cultura occidental, se han multiplicado los atropellos, los abusos, las vejaciones, las desigualdades insultantes entre los que tienen la riqueza, el poder y el saber y los sumergidos en un mar de miedo, miseria y desconsuelo.

Pero también, entre tanta soberbia, injusticia y postergación, refrendadas por el apogeo de una ciencia sin conciencia, se definen día a día con mayor nitidez y coraje los esfuerzos por fundar un futuro mejor. Dicho futuro, quizá remoto, si bien no será el florecimiento de una nueva Edad de Oro ni el triunfo virtual de la Utopía, sabrá escuchar sin duda el evangélico mensaje de los hombres de buena voluntad. Aguardémoslo, pero no pasivamente. También la paz tiene sus espadas: ellas son esgrimidas por los que luchan por un mundo mejor, que por cierto no habrá de parecerse al conformista “mejor de los mundos” que Leibniz propone en su Teodicea.

La humanidad, que chapalea penosamente por los caminos de la historia, se salpica con el agua tempestuosa del tiempo, con el barro de lo perfectible prefigurado en la mente de un alfarero, quien sueña con el ánfora que está por nacer. Y eso alcanza para tener la convicción de que, pese a los obstáculos y postergaciones, avanzamos con pasos firmes a veces y a tientas otras, hacia una época de racionalidad y caridad –hablo de la caritas cristiana, del amor propiamente dicho–, no importa si solamente iluminados por luciérnagas. No olvidemos que, como dicen los chinos, es preferible alumbrar el sendero con un pequeño farol antes que caminar a tientas en medio de la oscuridad. Y lo que hoy está oscuro no es el cielo sino el corazón del hombre.

Daniel Vidart
Antropología social y cultural en Uruguay, 2007, UNESCO