miércoles 11 de noviembre de 2009

divas eran las de antes (Sunset boulevard)


Un guión original de Billy Wilder, de Charles Brackett (coguionista habitual del director austríaco) y de D. M. Marshman, jr. -por el que recibirían el Oscar de la Academia- sirve de base narrativa para la realización del primero de los títulos citados. En él, Joe Gillis (William Holden), un guionista de segunda fila que se convierte en gigoló de una estrella del cine mudo -Norma Desmond (Gloria Swanson)-, narra, siguiendo la estructura en flashback característica del género, los hechos que condujeron al descubrimiento de su cuerpo flotando boca abajo en las aguas de una lujosa piscina...



De manera más explícita, por lo tanto, que Waldo Lydecker en Laura (1944), el narrador de El crepúsculo de los dioses es, dando un paso más allá en los códigos de verosimilitud del género, un cadáver cuya voz en off puntea, además, el desarrollo de las imágenes. Este punto de partida supone, sin duda, una ruptura importante con esta clase de convenciones narrativas, a las que dinamita desde dentro para desvelar el carácter artificial de estas construcciones y, al mismo tiempo, para demostrar su funcionalidad dramática dentro del relato sin necesidad de ocultarse tras ese velo.
Desde la apertura de las imágenes, por consiguiente, la muerte se convierte en la protagonista de un relato que vuelve a reclamar su presencia en la escena inicial en casa de Norma, donde se asiste al entierro -con resonancias formales del cine de terror- del chimpancé de la estrella. Más allá aún, su eco reverbera a lo largo de toda la narración, punteada por la voz de un difunto y concentrada en el decorado de la mansión -especie de mausoleo en la que la estrella habita acompañada de su criado, Max von Mayerling (Erich von Stroheim)- y en la realidad lejana en la que ambos están anclados, sumergidos en un pasado esplendoroso, vivido hace más de veinte años, que hace de ellos -como afirma Joe Gillis- estatuas vivas de un pretérito muerto.

Al igual, probablemente, que cientos de los guionistas que llegaban a Hollywood desde todos los lugares de la nación, Joe Gillis tiene también que venderse para escapar de las deudas que lo acosan y, para conseguirlo, no dudará, primero, en engañar a Norma Desmond, luego en aceptar sus regalos costosos y, por último, en convertirse en su amante. Su relación amorosa con otra joven guionista -Betty Shaefer (Nancy Olson)- lo hará escapar finalmente de su condición de mercancía y esta misma circunstancia, esta pérdida de valor, acabará por precipitar su muerte.

Con Gloria Swanson y con Erich von Stroheim interpretando, casi, sus papeles respectivos en la vida real -como famosa estrella y prestigioso director de cine mudo-, el filme de Wilder traspasa, no obstante, los límites de la propia ficción para convertirse en una lúcida disección sobre el destino actual de los protagonistas de aquellas películas y sobre el olvido y la ingratitud a los que Hollywood parece haber condenado a quienes le dieron sus años de gloria en aquellos momentos.

La escena en la que Norma y Max, acompañados de Joe Gillis, asisten a la proyección de La reina Kelly (Queen Kelly, 1928; Erich von Stroheim) -la película que marcaría el inicio de su ocaso cinematográfico y la ruptura de las relaciones entre Stroheim y Gloria Swanson en la vida real- supone el último homenaje que Wilder rinde a una forma de hacer cine que en los años cincuenta casi nadie ya recuerda. La presencia en El crepúsculo de los dioses de conocidas personalidades del cine mudo como Buster Keaton, Anna Q. Nilson, H. B. Warner y el papel que juega dentro de la trama Cecil B. de Mille -sin olvidar la aparición final de la columnista de cotilleos Hedda Hopper y la utilización de los estudios de la Paramount dentro de la trama- dotan de un cierto tono testimonial la denuncia, que va más allá de los límites de la simple anécdota cinematográfica.

Neurótica, depresiva y con delirios de grandeza, Norma Desmond parece predestinada, desde las primeras imágenes, a acabar en la locura que la conduce, finalmente, al asesinato de Joe Gillis y a su última, e inolvidable, actuación ante las cámaras, cuando -creyéndose Salomé- desciende las escaleras de su mansión para ser detenida por la policía. De este modo, y desde un punto de vista más tangencial, la película describe el largo proceso por el que una persona -en este caso una estrella y no un hombre corriente de la calle- llega hasta el crimen y, de paso, parece proponerse a sí misma como un ejemplo para confirmar en la taquilla el aserto de Joe Gillis, quien asegura que «los psicópatas se venden bien» durante ese período.

Un guión irreprochable, una música y unos decorados que valieron sendos Osear para sus responsables y un duelo interpretativo en el que se conjugan los modos histriónicos del cine mudo (Gloria Swanson) con la actuación más atemperada de los nuevos tiempos (William Holden) acompañan a una obra mayor situada en las fronteras entre el cine negro y el drama, entre la ficción y la realidad, entre el cine mudo y el sonoro.

Antonio Santamarina, El cine negro en 100 películas


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martes 10 de noviembre de 2009

manoel de oliveira


Modernidad a destiempo
Carlos Losilla (Cahiers du Cinema, España, número 18, diciembre 2008)

Raymond Bellour, veterano estudioso del cine, reprochó hace unos años a ciertos sectores de las nuevas generaciones de críticos y teóricos su desinterés por el cineasta Manoel de Oliveira: "Ustedes hablan poco de él", les espetó. Y luego añadió que ello quizá se debiera a que se trata de "un hombre profundamente civilizado, en extremo consciente y horrorizado de que su civilización se extinga", una postura rechazada por la generación del digital y de Internet, altamente esperanzada con las infinitas posibilidades del cine futuro y, por lo tanto, de algún modo en paz con los nuevos tiempos. Oliveira, decía Bellour, "muestra en todas sus películas un sentido profundo de la cultura y del arte, y del lugar que ellos ocupan en la vida y en la memoria colectiva".




Pero ¿a qué cultura y a qué arte se refería el texto de Bellour? ¿Qué tiene de singular este cineasta, aparte de su inverosímil longevidad laboral, como para erigirse en el centro de un debate de estas características?

Sin duda, su condición de artista a destiempo. O dicho de otro modo, quizá mucho más tajante: las películas de Oliveira son las más reconocibles, por extemporáneas, del cine que más nos ha importado en mayor medida en los últimos veinte años. Me dirán que podría argumentarse lo mismo respecto a Jean-Marie Straub (con o sin Danièlle Huillet), pero su materialismo extremo, su primitivismo convencido, el modo abrupto y directo con que filma cuerpos y paisajes, lo hace más próximo a una cierta sensibilidad contemporánea, en comparación con la exquisitez humanista de Oliveira. Y digo "humanista" de una manera muy consciente, convencido de que ese término se refiere a lo que los historiadores llaman la "era moderna", ésa que empieza en el Renacimiento, cuando nombres como Miguel Ángel o Leonardo dan lugar a la aparición de la figura del artista tal como la hemos conocido hasta hace poco.¿Qué tienen que ver, en otras palabras, los broncos poemas minerales de los Straub frente a la exquisita recreación de las cartas del padre Antonio Vieira realizada en Palabra y utopia (2000)? Y, sobre todo, ¿qué tiene que ver Oliveira con todos aquellos que están examinando ese fin de época desde el ojo del huracán, asumiendo las formas de la contemporaneidad, de Claire Denis a Tsai Ming-liang?

El plan de Oliveira es hablar del mundo contemporáneo observado desde la perspectiva de alguien que ya no pertenece a él. No es casual, a este respecto, que el grueso de su producción se desarrolle a partir de la década de los ochenta, concretamente desde Francisca, estrenada en 1981, cuando el cineasta ya ha sobrepasado los setenta años. Su debut con el corto Douro, Faina Fluvial en 1931, su retorno con Aniki-Bóbó en 1942, algunos de sus preciosos documentales de los años cincuenta y su fugaz tránsito por los sesenta y setenta con cuatro largometrajes, ya le asegurarían un lugar privilegiado en la historia del cine, aunque el recuento final no llegue a las veinte películas en casi cincuenta años, y ello contando largos y cortos, ficciones y documentales, encargos comerciales y experimentos varios. Pero es una vez finiquitado el proyecto de la modernidad cinematográfica, a principios de los ochenta, cuando Oliveira se empeña en continuarlo por su cuenta y riesgo, a un ritmo de una película comercial por año. Y no a través de pactos más o menos tácitos, sino mediante una apuesta a calzón quitado, pues a partir de ese momento su práctica se aleja voluntariamente de la cinefilia más estricta para ofrecer otra cosa, para conectar directamente con los orígenes de su bagaje artístico, con la tradición que empieza en Cristóbal Colón (recreada en Cristóvão Colombo-0 Enigma, 2007) y termina con el fin de la hegemonía de Occidente en el orden mundial (el tema de Una película hablada, 2003), pasando por la literatura y la pintura burguesas que constituyeron el gran sueño de finales del siglo XIX y principios del XX. De una manera caótica, a trompicones, como si tuviera prisa por terminar su labor, desde 1981 hasta la actualidad Oliveira parece obcecado en fabricar un gigantesco monumento al fin de una época, por ahora sólo comparable, en alcance testimonial pero también estético, a la obra de John Ford.

En su caso, pues, el fin de la modernidad es el fin del humanismo. Y de ahí su ansiedad por prolongar la melancolía, por esquivar la redención de los nuevos tiempos, que se niega a aceptar. Cineasta de raíces religiosas, afecto a las grandes conmemoraciones rituales, sus películas se erigen en una especie de enciclopedia en imágenes de lo que fue el arte de la civilización occidental, del teatro barroco a la música dodecafónica, de
la literatura neoclásica a las narrativas del absurdo, de la escultura renacentista a la abstracción pictórica. Y esa summa casi teológica adquiere la forma de un fantasma, el del cine moderno, de donde surge la apariencia sonámbula de unas imágenes tan alejadas de cualquier tipo de realismo que en ocasiones resultan incluso insoportables, producto de una ensoñación malsana.

En Os canibais (1988) o El convento (1995), todo se desarrolla en un clima pesadillesco que permanece en la retina del espectador mucho tiempo después de haber abandonado la sala. En Non ou A Vã Glória de Mandar (1990), la Historia es un relato legendario hecho de alucinaciones cíclicas que no dejan de atormentarnos. En El valle Abraham (1993), la gran novela decimonónica no es más que la excusa para un baile de máscaras, en el que el espíritu lucha por imponerse a una sensualidad tan atractiva como amenazadora. En Inquietud (1998), el sonido de los pasos de los actores en un escenario teatral deja constancia de la fugacidad en la que todo se ha desvanecido. Oliveira es el cronista de esas ruinas, de la civilización y del cine, que ha pretendido inmortalizar en
una agotadora serie de películas realizadas sin descanso. Como un libro de ilustraciones antiguas, esa parte de su obra deja constancia de lo que una vez fuimos, y sus planos pueden verse uno tras otro como si se tratara de pasar las páginas de un álbum de fotos familiares, allá donde aseguramos nuestra pequeña porción de inmortalidad. De ahí su aire espectral e inquietante, pero también su verdad, paradójicamente conseguida a través del artificio más extremo.

Existe en la filmografía de Oliveira un bucle temporal que retrocede hasta los inicios del humanismo para retratar con ojo implacable la muerte del cine moderno. Por eso el hecho de que sus últimos trabajos no hayan merecido la misma atención, por parte de la crítica y de los festivales, que los ejecutados hasta Una película hablada hace sospechar que las imágenes contemporáneas, definitivamente, han decidido prescindir de su forma de entender el cine. Como la de John Ford o Luis Buñuel, a los que admira hondamente, su obra representa un legado gigantesco, abarca el mundo que ha conocido en todos sus detalles y matices, dibuja una topografía absoluta y minuciosa de lo que fue Occidente durante mucho tiempo. Ahora, en cambio, el cine es otra cosa, frecuenta los microcosmos en los que se ha fragmentado la sociedad globalizada para erigirlos en representación de un universo en cambio perpetuo. Está por ver si lo conseguirá con la misma nitidez, pero lo que importa es que mantenga esa admirable intransigencia presente en las mejores películas de Oliveira, esa reivindicación del cine como ejercicio puramente intelectual en el que cualquier goce proviene del hecho de pensar en imágenes que, además, saben hablar.


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lunes 9 de noviembre de 2009

vecina, vecino


En estos días ha cobrado fuerza la propuesta de algunos integrantes del Nuevo Espacio (FA-EP) de San José, quienes bregan por llevar a Omar Gutiérrez como candidato a la Intendencia del departamento mencionado. "En San José, el Nuevo Espacio intenta catapultar a Gutiérrez a través de Facebook. Ya desde setiembre del año pasado Gutiérrez es visto como un candidato. En aquel momento se creó un blog (omargutierrezintentedente.blogspot.com) que lo señaló como "un tipo con códigos, luchador, que ha sabido ganarse el corazón de todos los uruguayos" y que "merece este reconocimiento popular".

Así las cosas, la Fonda Alcohol & Humo se suma a esta iniciativa y pone nombres sobre la mesa:



•San José: Omar Gutiérrez
•Cerro Largo: Julio Frade
•Montevideo: Cacho de la Cruz
•Flores: Eduardo D’Ángelo
•Colonia: China Zorrilla
•Florida: Petru Valenski
•Maldonado: Carlos Perciavalle
•Artigas: Graciela Rodríguez
•Rocha: Luis Orpi
•Salto: Bananita González
•Tacuarembó: Cuque Sclavo
•Rivera: Barjot
•Lavalleja: Enrique Guarnerio
•Paysandú: Cachito de León
•Río Negro: Héctor Perry
•Soriano: Tata Alcuri
•Durazno: Daniel Bonjour
•Treinta y Tres: Jorge Esmoris
. Canelones: el Fata Delgado, total...
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domingo 8 de noviembre de 2009

las mejores fotografías


ahora es el turno de Avi A, quien nos manda la siguiente foto desde Glenvar. Categoría elegida: energy.


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envío de fotos a interzonazfm@gmail.com


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sábado 7 de noviembre de 2009

breve queja contra la obligatoriedad del voto


Sí, es así, en la R.O.U., eso catalogado como democracia está en las antípodas de ser un libre ejercicio de conciencia... Es, ante todo, un acto punitivo, obligatorio. Usted será sancionado económicamente si estando dentro del territorio, no va a participar en tiempo y forma del fenómeno social, y si los tentáculos del aparato electoral le dan captura en algún trámite público. Y al parecer, nada le gusta tanto al pulpo democrático como el dinero decomisado del bolsillo de quien figura en las planillas de la administración pública. ¡¡Hey!! ¡¡Larrañaga!! Usted que tanto dice afligirse por los atropellos a la propiedad privada: ¿¡qué hay de este atropello a los salarios, única propiedad privada de muchos funcionarios que se niegan a participar del mega despliegue obligatorio?



¡Poco hombres! ¡Salgan ustedes, en persona, a cobrar las multas...!
“Toc-toc, buenas... Aquí vive fulano de tal... Vea, vengo a cobrarle...”
No... No les dan las garras ni la parla para hacer tal cosa y resistir la espontánea 'expresión oral y/o corporal' de quien les abra la puerta. Pero en este caso, tampoco mandan a la milicada azul o verde a meter la pesada y sacarle cientos de pesos a quien sintió la necesidad de no abandonar los límites de su domicilio para tener que andar por calles plagadas de motorizados con banderas y alcahuetes y adyacencias jugando a la democracia al compás de la cumbia o el tamboril, sólo para meter en la urna asignada el pedazo de papel que se troca por sello y lo libra a uno de la multa. No... ni ellos ni la policía ni los militares.
En este caso, la orden es asignada al tesorero de la repartición pertinente: retención de sueldo hasta que los animalitos estatales de ocho brazos hagan su tarea: amarrar de piernas y brazos y taparle la boca al votante desertor y con los otros tentáculos husmear en sus bolsillos, en los estantes del dormitorio o donde sea hasta hallar el equivalente, en pesos uruguayos, a las unidades reajustables estipuladas por la norma...
Sí, la multa: el impuesto a estar dispuesto a no seguirles el viaje.

Desde luego... aquellas personas que, complacidos, asisten y defienden el ‘acto de ir a votar’ tienen derecho a creer en la validez o necesidad de rotación de personas en el parlamento y el ejecutivo como medio para mejorar las condiciones de vida del común de las personas... Incluso tienen derecho a aferrarse hasta su muerte al partido menos malos, o al que más les convenga o guste. Ahora... qué sucede si alguien llega a la conclusión opuesta: que toda esa circulación de individuos por el parlamento y las designaciones del ejecutivo, son un estorbo, una estructurada muralla que se interpone entre la mayor parte de las personas, y el bienestar material y mental al que aspiran esas personas.

¿Por qué catalogar de irresponsable la actitud, el sentimiento y el razonamiento de quienes han arribado a la certeza de que el camino electoral y su parafernalia son una vía carente de fertilidad para mejorar sus vidas, una Vía Muerta, una ventosa que se ha cerrado para siempre, por inoperante y corrupta?

¿Por qué son más responsables quienes alimentan a la estructura con votos y cargos, creyéndola fértil y conveniente?

Quizás todo radique en que quienes deciden no votar o anular su voto para evadir la multa, en lo íntimo de su persona, ya estén elaborando (o ya hayan elaborado) el duelo que toda muerte amerita; mientras que quienes no ven o no quieren ver lo inerte del sistema, continúan embarcados en una reanimación inviable… Por ello las nuevas canciones electoreras, las calcomanías y las banderas, los nuevos reagrupamientos de candidatos y los mismos organismos internacionales de crédito, repartiéndose dinero y sosteniendo y sacudiendo al muerto para confundir, para que aparente vitalidad…


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las mejores fotografías


Envianos las fotografías que consideres mejores según tu parecer; no tienen que porqué haber sido obtenidas por vos, obviamente, así las vamos publicando. Si lo son, macanudo. Además, podés ir creando etiquetas para ellas (paisaje, naturaleza, construcciones, miniaturas, androides, mi ciudad, sueños...).

Este es el mail interzonazfm@gmail.com




fotografía del New York Times archive

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viernes 6 de noviembre de 2009

los Kaingang y Lévi-Strauss


"Los kaingang cultivan un poco la tierra, pero la pesca, la caza y la recolección constituyen sus ocupaciones esenciales. Los métodos de pesca imitan tan pobremente los de los blancos que su eficacia es necesariamente débil: una rama flexible, un anzuelo brasileño fijado con un poco de resina a la punta de un hilo, a veces un simple trapo a guisa de red. La caza y la recolección rigen esa vida nómada de la selva donde por semanas enteras las familias desaparecen, donde nadie las ha seguido hasta sus retiros secretos y en sus itinerarios complicados. A veces, en un recodo del camino, hemos encontrado un pequeño grupo que salía de la selva para desaparecer en ella inmediatamente; los hombres van a la cabeza, armados del bodoque —arco usado para lanzar proyectiles de arcilla en la caza de pájaros— con el carcaj de cestería que sostienen con una bandolera; los siguen las mujeres cargadas, por medio de una faja de tejido o una ancha correa de corteza apoyada sobre la frente, con toda la fortuna familiar. Así viajan niños y objetos domésticos...



Cambiamos unas pocas palabras, nosotros reteniendo los caballos, ellos retardando apenas su paso, y la selva reencuentra su silencio. Sólo sabemos que la próxima casa estará, como tantas otras, vacía. ¿Por cuánto tiempo...?

Esta vida nómada puede durar días o semanas. La estación de la caza, la de los frutos —jabuticaba, naranja y lima— provocan desplazamientos masivos de toda la población. ¿Cuáles son sus abrigos en la espesura? ¿En qué escondites vuelven a encontrar sus arcos y sus flechas, de los que sólo se ven, casualmente, ejemplares olvidados en algún rincón de la casa? ¿Con qué tradiciones se enlazan, con qué ritos, con qué creencias?"


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jueves 5 de noviembre de 2009

en piragua con C. Lévi-Strauss


El trabajo de campo en Antropología cultural implica la transformación de los integrantes del equipo. Es inútil afirmar que podrán mantenerse al margen bajo un halo de objetividad: ya no serán los mismos al regresar al despacho; no serán inmunes a las penas y los gozos compartidos con el grupo estudiado. Aunque luego no lo vuelva a vivir, permanecerán en él -como huella indeleble- los rigores a los que se ve sometido el peón taipero, el alambrador del gran -y ajeno- campo oriental, la madre cargada de hijos y que vive sola.

En los casos más renombrados también ha ocurrido así: tal el caso de B. Malinowski, estudioso de los pobladores de las islas Trobriand que -a 25 años de su muerte- su Diario íntimo reveló el profundo rechazo que sentía hacia sus pobladores. En el extremo opuesto se halla C. Lévi-Strauss, siempre recordando con afecto a los pobladores autóctonos con los que convivió.

El siguiente texto pertenece al libro "Tristes trópicos" y -aunque algo extenso- lo recomendamos con especial interés.

"Hace cinco meses que no llueve y no hay caza. Felices cuando conseguimos matar algún loro escuálido o algún gordo lagarto tupi-nambís para hervirlo en nuestro arroz, o cuando podemos hacer hervir una tortuga terrestre en su caparazón o un tatú de carne aceitosa y negra. Por lo común hay que contentarse con xarque, esa misma carne secada preparada hace meses por un carnicero de Cuia-bá: cada mañana desenrollamos al sol, para desinfectarlas, gruesas lonjas hormigueantes de gusanos, para encontrarlas probablemente en el mismo estado al otro día. Pero una vez alguien mató un cerdo salvaje; esa carne sanguinolenta nos pareció más embriagadora que el vino; devoramos casi una libra cada uno y entonces comprendí esa pretendida glotonería de los salvajes, citada por tantos viajeros como prueba de su grosería. Basta con haber compartido su régimen para conocer semejante hambre canina; cuando se aplaca, no se experimenta una sensación de hartazgo sino que se alcanza la felicidad".




CAPITULO 30
EN PIRAGUA

En junio dejé Cuiabá. Ahora estamos en setiembre. Desde hace tres meses deambulo a través de la meseta, acampando con los indios mientras los animales descansan, o revisando las etapas cumplidas mientras me interrogo sobre el sentido de mi empresa; el paso entrecortado de mi mula mantiene mis magulladuras, tan familiares que en cierto modo se han incorporado a mi ser físico, y las extrañaría si no las encontrara cada mañana. La aventura se diluyó en el aburrimiento. Durante semanas, la misma sabana austera se extiende ante mis ojos; tan árida, que las plantas vivas se distinguen con dificultad de la hojarasca de algún campamento abandonado. Las huellas ennegrecidas de las fogatas parecen el fin natural de esa marcha unánime hacia la calcinación.

Fuimos de Utiarití a Juruena y después a Juina, Campos Novos y Vilhena; ahora avanzamos hasta los últimos puestos de la meseta: Tres Buritis y Barao de Melgaço, que se encuentra al pie de aquélla. En casi todas las etapas perdemos uno o dos bueyes, vencidos por la sed o la fatiga, o hervado, es decir, envenenado por pastos tóxicos. Unos cuantos cayeron al agua con los equipajes mientras atravesábamos un río sobre un puentecillo podrido, y a duras penas pudimos salvar el tesoro de la expedición. Pero tales incidentes son raros; cada día se repiten los mismos gestos: instalación del campamento, de las hamacas y los mosquiteros, ubicación de los equipajes y de los bastos al abrigo de las termitas, vigilancia de los animales, y al día siguiente preparativos en orden inverso. O bien, cuando viene una banda indígena se establece una rutina diferente: recensamiento, nombres de las partes del cuerpo, términos de parentesco, genealogías, inventarios. Siento que me he transformado en burócrata de la evasión.

Hace cinco meses que no llueve y no hay caza. Felices cuando conseguimos matar algún loro escuálido o algçun gordo lagarto tupi-nambís para hervirlo en nuestro arroz, o cuando podemos hacer hervir una tortuga terrestre en su caparazón o un tatú de carne aceitosa y negra. Por lo común hay que contentarse con xarque, esa misma carne secada preparada hace meses por un carnicero de Cuia-bá: cada mañana desenrollamos al sol, para desinfectarlas, gruesas lonjas hormigueantes de gusanos, para encontrarlas probablemente en el mismo estado al otro día. Pero una vez alguien mató un cerdo salvaje; esa carne sanguinolenta nos pareció más embriagadora que el vino; devoramos casi una libra cada uno y entonces comprendí esa pretendida glotonería de los salvajes, citada por tantos viajeros como prueba de su grosería. Basta con haber compartido su régimen para conocer semejante hambre canina; cuando se aplaca, no se experimenta una sensación de hartazgo sino que se alcanza la felicidad.

Poco a poco, el paisaje se modificaba. Las viejas tierras cristalinas o sedimentarias que forman la meseta central dejaban lugar a suelos arcillosos. Después de la sabana comenzaban a atravesarse zonas de selva seca, con castaños (no los nuestros sino los del Brasil: Ber-tholletia excelsa) y copayeros, grandes árboles que segregan un bálsamo. Los arroyos, de límpidos, se transforman en barrosos, con aguas amarillas y pútridas. Por todas partes se notan hundimientos: cuchillas erosionadas al pie de las cuales se forman pantanos con sapézalis (hierbas altas) y buritizalis (palmerales). Las mulas corretean por sus flancos a través de campos de ananás salvajes, esos pequeños frutos de color amarillo anaranjado, con pulpa llena de gordas semillas negras, cuyo sabor se parece al del ananá de cultivo mezclado con la más rica frambuesa. Del suelo sube ese olor, olvidado desde hace meses, a cálida tisana chocolatada. No es otro que el olor de la vegetación tropical y la descomposición orgánica; un olor que súbitamente hace comprender cómo ese suelo puede dar nacimiento al cacao, así como en la alta Provenza, los hálitos de un campo de alhucema semimarchita explican que la misma tierra pueda también producir la trufa. Una nueva saliente conduce al borde de una pradera que cae a pique sobre el puesto telegráfico de Barao de Melgaço: hasta donde da la vista, es el valle de Machado que continúa en la selva amazónica, la cual sólo se interrumpirá 1500 kilómetros más adelante, sobre la frontera venezolana.

En Baráo de Melgaço había praderas de hierba verde rodeadas de selva húmeda donde resonaban los fuertes trompetazos del jacu, el pájaro-perro. Era suficiente con cazar dos horas allí para volver al campamento completamente cargados. Fuimos presa de un frenesí alimentario; pasamos tres días cocinando y comiendo. De aquí en adelante nada nos faltaría. Las reservas preciosamente ahorradas de azúcar y de alcohol se habían evaporado; al mismo tiempo probábamos comidas amazónicas, sobre todo los tocari o nueces del Brasil, cuya pulpa rallada es una crema blanca y untuosa que sirve para espesar las salsas. He aquí el detalle de esos ejercicios gastronómicos, tal como lo encuentro en mis apuntes:

—colibríes (que en portugués se dice beija-flor, 'besa-flor') asados
«allo spiedo» y quemados al whisky;
—cola de caimán a la parrilla;
—loro asado y quemado al whisky;
—guiso de jacú en compota de frutas de la palmera assai;
—guiso de mutum (especie de pava salvaje) y brotes de palmeras con salsa de tocari y pimienta;
—jacú asado al caramelo.

Después de esos desenfrenos y de las abluciones no menos necesarias —pues a menudo pasamos varios días sin poder cambiarnos, ni sacarnos las botas y el casco— emprendí la tarea de hacer los planes para la segunda parte del viaje. En lo sucesivo preferiríamos los ríos a las picadas de la selva, invadidas por la vegetación. Además, sólo quedan diecisiete bueyes de los treinta y uno que llevamos al principio, y su estado es tal que no podrán continuar ni siquiera por terreno fácil. Nos dividiremos en tres grupos. Mi jefe de tropa y algunos hombres irán por tierra hasta los primeros centros de buscadores de caucho, donde esperamos vender los caballos y una parte de las mulas. Otros hombres se quedarán en Baráo de Melgaço con los bueyes, para que estos se recuperen en los pastaderos de capim-gordura; Tiburcio, su viejo cocinero, los mandará, tanto más de buen grado cuanto que es querido por todos; lo llaman preto na feiçao, branco na acçao, «negro por el color, blanco por el valor», pues es notoriamente mestizo de africano. El paisano brasileño, como se ve, no está libre de prejuicios raciales. En Amazonia, una muchacha blanca cortejada por un negro grita: «¿Soy una carroña tan blanca para que un urubú venga a descolgarse sobre mis tripas?». De esa manera evoca el espectáculo habitual de un cocodrilo muerto, a la deriva por el río, mientras un ave de rapiña de plumas negras navega durante días sobre el cadáver y se alimenta de él.

Cuando los bueyes se restablezcan la tropa volverá sobre sus pasos hasta Utiarití; pensamos que sin dificultad, pues los animales quedarán liberados de sus cargas, y las lluvias, ahora inminentes, habrán transformado el desierto en pradera. Finalmente, el personal científico de la expedición y los últimos hombres se encargarán de los equipajes, que conducirán en piragua hasta las regiones habitadas, donde nos dispersaremos. Yo personalmente cuento con pasar a Bolivia por el Madeira, atravesar la región en avión, volver a Brasil por Corumbá y de allí ganar Cuiabá y luego Utiarití alrededor del mes de diciembre, tiempo en que volveré a encontrar a mi comitiva —mi equipo y mis animales— para liquidar la expedición.

El jefe del puesto de Melgaço nos presta dos galiotes —livianas barcas de tablas— y remeros; ¡adiós mula! Ahora sólo nos resta dejarnos llevar por el río Machado. A causa de los meses de sequía, la primera noche no nos preocupamos por cubrir nuestras hamacas; las suspendimos entre los árboles del ribazo. La tempestad se desencadenó en plena noche con el estrépito de un caballo al galope; aun antes de despertarnos las hamacas se transformaron en bañeras; a tientas desplegamos una lona para abrigarnos, pero fue imposible estirarla bajo ese diluvio. Ni pensar en dormir; agachados en el agua y soportando la tela con nuestras cabezas, debíamos vigilar constantemente los bolsillos que se llenaban, y volcar el agua antes de que penetrara. Para matar el tiempo los hombres contaban historias; recuerdo la que contó Emydio. Hela aquí:

HISTORIA DE EMYDIO
Un viudo tenía sólo un hijo, ya adolescente. Un día lo llama y le dice que ya es tiempo de casarse. «¿Qué hay que hacer para casarse?», pregunta el hijo. «Es muy simple —contesta su padre—; no tienes más que visitar a los vecinos y tratar de gustar a su hija.» «¡Pero no sé cómo se hace para gustar a una muchacha!» «¡Y bueno! ¡Toca la guitarra, sé alegre, ríe y canta!» El hijo se decide. Llega en el momento en que el padre de la señorita acaba de morir; su actitud es juzgada indecorosa y se lo echa a pedradas. Vuelve junto a su padre y se queja. El padre le explica qué conducta debe seguir en casos semejantes. El hijo vuelve a casa de los vecinos; justamente, están matando un cerdo. Pero, fiel a su última lección, solloza: «¡Qué tristeza! ¡Era tan bueno! ¡Lo queríamos tanto! ¡Jamás encontraremos uno mejor!» Exasperados, los vecinos lo echan. Cuenta a su padre esta nueva desventura y recibe de él las indicaciones sobre la conducta apropiada. A su tercera visita, los vecinos están ocupados en descocar el jardín. Siempre con una lección de atraso, el joven exclama: «¡Qué maravillosa abundancia! ¡Deseo que estos animales se multipliquen en vuestras tierras! ¡Que nunca os falten!» Lo echan.

Después de este tercer fracaso, el padre ordena a su hijo construir una cabana. Va a la selva para cortar la leña necesaria. El duende-lobo pasa por allí durante la noche y juzga el lugar a su gusto para edificar allí su morada; se pone a trabajar. Al día siguiente por la mañana el muchacho pasa por la obra y la encuentra muy avanzada; «Dios me ayuda», piensa satisfecho. Así, el muchacho de día y el duende de noche, edifican. La cabana queda terminada.

Para inaugurarla, el muchacho decide comerse un corzo y el duende un muerto. Uno trae el corzo durante el día, el otro el cadáver por la noche. Y cuando el padre viene al día siguiente para participar en el festín, ve sobre la mesa un muerto a guisa de asado: «Decididamente, hijo mío, nunca servirás para nada...»

Al día siguiente seguía lloviendo y llegamos al puesto de Pimenta Bueno achicando el agua de las barcas. Este puesto está situado en la confluencia del río que le da su nombre y el Machado. Se componía de unas veinte personas; algunos blancos del interior e indios de extracciones diversas que trabajaban en el mantenimiento de la línea: cabishí del valle del Guaporé y tupí-kawaíb del río Machado. Ellos me proporcionarían importantes informaciones. Algunas se referían a los tupí-kawaíb aún salvajes, que según ciertos relatos ya habían desaparecido completamente; volveré sobre esto. Los otros concernían a una tribu desconocida que vivía —según decían— a varios días de piragua, junto al río Pimenta Bueno. Inmediatamente resolví ir a verlos, pero ¿cómo? Se presentaba una circunstancia favorable; de paso por el puesto se encontraba un negro llamado Bahía, comerciante ambulante un poco aventurero, que todos los años cumplía un prodigioso viaje: descendía hasta el Madeira para procurarse las mercancías en los depósitos ribereños, remontaba el Machado en piragua y, durante dos días, el Pimenta Bueno. Allí, un camino por él conocido le permitía arrastrar durante tres días las piraguas y las mercancías a través de la selva, hasta un pequeño afluente del Guaporé donde podía evacuar su stock a precios tanto más exorbitantes cuanto que la región estaba muy desprovista. Bahía se declaró dispuesto a remontar el Pimenta Bueno más allá de su itinerario habitual si yo le pagaba en mercaderías y no en dinero. Buena especulación de su parte, ya que los precios mayoristas del Amazonas son superiores a los que yo había pagado en Sâo Paulo. Le cedí varias piezas de franela roja: me había hartado de ella después de haber ofrecido una a los nambiquara en Vilhena: al día siguiente estaban cubiertos con ella de la cabeza a los pies, incluso los perros, los monos y los jabalíes domésticos; una hora más tarde, el placer de la comedia había terminado: los trozos de franela se arrastraban por el matorral y nadie más les hizo caso.

Dos piraguas que tomamos en el puesto, cuatro remeros y dos de nuestros hombres constituían nuestra tripulación. Estábamos listos para partir a esta aventura improvisada.

No existe perspectiva más excitante para un etnólogo que la de ser el primer blanco que penetra en una comunidad indígena. En 1938 esta recompensa suprema sólo podía obtenerse en pocas regiones del mundo, lo suficientemente escasas para poder contarlas con los dedos de una mano. Desde entonces esas posibilidades han disminuido más aún. Así, pues, yo reviviría la experiencia de los antiguos viajeros y, a través de ella, ese momento crucial del pensamiento moderno en que, gracias a los grandes descubrimientos, una humanidad que se creía completa y acabada recibió de golpe, como una contrarrevelación, el anuncio de que no estaba sola, de que constituía una pieza en un conjunto más vasto, y de que para conocerse debía contemplar antes su irreconocible imagen en ese espejo desde el cual una parcela olvidada por los siglos iba a lanzar, para mí solo, su primero y último reflejo.

Este entusiasmo, ¿se manifiesta aún en el siglo xx? Por poco que se conociera a los indios del Pimenta Bueno, yo no podía esperar que me conmovieran igual que a los grandes autores: Léry, Staden, Thevet, que pusieron su planta hace cuatrocientos años sobre territorio brasileño. Lo que ellos vieron entonces nunca más lo veremos nosotros. Las civilizaciones que ellos vieron por vez primera se habían desarrollado de acuerdo con líneas distintas de las nuestras; no por ello dejaron de alcanzar toda la plenitud y perfección compatibles con su naturaleza. Las sociedades que podemos estudiar hoy —en condiciones que sería ilusorio comparar con las que prevalecían hace cuatro siglos— sólo son cuerpos débiles y formas mutiladas. A pesar de enormes distancias y de toda especie de intermediarios (de una extrañeza a veces desconcertante cuando se llega a reconstruir la cadena), han sido alcanzadas por el monstruoso e incomprensible cataclismo que fue, para tan amplia e inocente fracción de la humanidad, el desarrollo de la civilización occidental; ésta se equivocaría si olvidara que este fenómeno le da un segundo rostro, no menos verídico e indeleble que el otro.

A excepción de los hombres, sin embargo, las condiciones del viaje eran las mismas. Después de la desesperante cabalgata a través de la meseta, me entregaba al encanto de esta navegación por un río risueño, cuyo curso es ignorado por los mapas, pero cuyos menores detalles me recordaban relatos que aprecio mucho.

Primeramente había que recordar el adiestramiento adquirido tres años atrás en el Sao Lourenço: conocimiento de los diferentes tipos y méritos respectivos de las piraguas, talladas en un tronco de árbol o fabricadas con tablas de madera unidas, que según la forma y la talla se llaman montaria, canoa, ubá o igarité; el hábito de pasar horas arrodillados en el agua que se insinúa a través de las grietas de la madera, y que se evacúa continuamente con una pequeña calabaza; una extrema lentitud y mucha prudencia en cada movimiento provocado por la anquilosis, que puede hacer zozobrar la embarca¬ción: agua nao tem cabelos ('el agua no tiene cabello'); el que cae por la borda, no tendrá de dónde asirse; en fin, la paciencia, frente a cada accidente del lecho del río, de descargar las provisiones y el material tan minuciosamente estibados, de transportarlos junto con las piraguas por la orilla rocosa para recomenzar la operación pocos cientos de metros más adelante.

Esos accidentes son de diversos tipos: secos, lechos sin agua; cachoeiras, rápidos; saltos, caídas. Cada uno es bautizado en seguida por los remeros con un nombre evocador: detalles del paisaje tales como castanhal, palmas, o un incidente de caza: veado, queixada, araras, u otro con una significación más personal al viajero: criminosa: 'la criminal'; encrenca: sustantivo intraducibie que expresa el hecho de estar 'atascado'; apertada hora: 'la hora constreñida' (con el sentido etimológico de «angustiosa»); vamos ver: 'vamos a ver'...

La partida nada tiene de inédito. Dejamos que los remeros cumplan los ritmos prescritos: primero una serie de golpecitos: pluf, pluf, pluf...; después la puesta en marcha, donde, entre los golpes de remo, se intercalan dos choques secos sobre el borde de la piragua: tra-pluf, tra; tra-pluf, tra...; en fin, el ritmo de viaje en el cual el remo sólo se hunde una vez de cada dos, retenido la vez siguiente por un simple acariciar de la superficie, pero siempre acompañado de un choque y separado del siguiente movimiento por otro choque: tra-pluf, tra, sh, tra; tra-pluf, tra, sh, tra... Así, los remos muestran alternativamente la cara azul y la cara anaranjada de su paleta, tan ligeros sobre el agua como el reflejo, al cual parecen reducirse, de los grandes vuelos de guacamayos que atraviesan el río, haciendo destellar todos juntos, a cada voltereta, su vientre de oro o su lomo azul. El aire ha perdido la transparencia de la estación seca. Al alba, todo se confunde en una gruesa espuma rosada, bruma matinal que sube lentamente del río. Ya hace calor, pero poco a poco esa temperatura indirecta se precisa. Antes era difusa y ahora es un golpe de sol sobre determinada parte de la cara o de las manos. Se comienza a saber por qué se suda. El rosado gana en matices. Surgen islotes azules. Parece como si la bruma se enriqueciera, aun cuando no hace más que disolverse.

Navegamos dificultosamente río arriba y los remeros deben descansar. La mañana transcurre en sacar del agua, por medio de una línea grosera cebada con bayas salvajes, la cantidad de peces necesaria a la peixada, que es la bullabesa amazónica: pacús amarillos de grasa, que se comen en tajadas, sosteniéndolas por el espinazo, como un hueso de chuleta; piracanjubas plateadas, de carne roja; dorados bermellón; cascudos, con una coraza tan fuerte como la de un bogábante, pero negra; piaparas tachonadas; mandí, piava curim-bata, jatuarama, matrinxao...; pero, cuidado con las rayas venenosas y los peces eléctricos —puraké— que se pescan sin cebo, pero cuya descarga derriba a un mulo; y... más aún con esos peces minúsculos que, según los lugareños, remontan el chorro y penetran en la vejiga del imprudente que se atreva a orinar en el agua... A veces a través del gigantesco moho verde que forma la selva sobre la orilla se vislumbra la animación súbita de una bandada de monos de mil nombres: guariba, aullador; coatá, con miembros de arácnidos, capuchino o mono «de clavo»; zog-zog, que una hora antes del alba despierta a la selva con sus llamadas: con sus grandes ojos de almendra, su porte altanero, su abrigo sedoso y fofo, parece un príncipe mongol; y todas las tribus de monitos: saguim (para nosotros 'tití'); macaco da noite: 'mono de noche', con ojos de gelatina oscura; macaco de cheiro: 'mono perfumado'; gogó de sol: 'gola de sol', etc. Basta una bala en medio de sus bandas saltarinas para abatir alguno casi con seguridad; asado, se vuelve una momia de niño con las manos crispadas, y en guiso tiene el sabor de la oca.

Hacia las tres de la tarde ruge el trueno, se oscurece el cielo, cuya mitad la lluvia oculta en seguida con una gran barra vertical. ¿Vendrá? La barra se estría y se deshilacha y del otro lado aparece un resplandor, dorado primero, luego de un azul lavado. La mitad del horizonte está aún ocupada por la lluvia. Pero las nubes se disuelven, la capa se reduce por la derecha y por la izquierda y finalmente se desvanece. No hay más que un cielo compuesto, formado por masas de azul-negro sobreimpresas en un fondo azul y blanco. Es el momento, antes de que se desencadene otra tormenta, de atracarnos en una costa donde la selva parezca un poco menos densa. Se abre rápidamente un pequeño claro con ayuda del machete: façao o terçado; se inspeccionan los árboles despejados para ver si entre ellos no se encuentra algún pau de novato ('árbol del novicio': llamado así por¬que el desprevenido que ate a él su hamaca vería desparramarse sobre sí un ejército de hormigas rojas), algún pau d'alho (con olor a ajo) o también un canela merda (el nombre basta). Puede estar también, con suerte, la soveira, que por una incisión circular en el tronco vierta en pocos minutos más leche que una vaca, cremosa y espumosa, pero que si se la bebe cruda reviste insidiosamente la boca con una película gomosa; el araçá, de fruto violáceo, gordo como una cereza, con gusto a trementina y una acidez tan liviana que el agua con la que se la mezcla parece gaseosa; la ingá, con una vaina llena de una fina plumita azucarada; el bacuri, que es como una pera robada de las huertas del Paraíso; finalmente, el assai, delicia suprema de la selva, cuya decocción, cuando se bebe inmediatamente, es un espeso jarabe aframbuesado, pero que una noche después se coagula y se vuelve como un queso agrio con perfume a frutas.

Mientras unos se entregan a esos trabajos culinarios, los otros instalan las hamacas bajo cobertizos de ramas cubiertos por un ligero techo de palmas. Es el momento de las historias alrededor de la fogata, llenas todas de apariciones y de fantasmas: el lobishomem, duende-lobo; el caballo sin cabeza o la vieja con cabeza de esqueleto. Hay siempre en el grupo algún viejo garimpeiro que tiene nostalgias de esa vida miserable, siempre iluminada por la esperanza de la fortuna: «Yo estaba 'escribiendo' —es decir, colando la arena— y vi deslizarse en la artesa un granito de arroz, pero era como una verdadera luz. ¡Qué causa bounita!, no creo que pueda existir cousa mais bounita... ¡Cuando se la miraba, era como si descargara electricidad en el cuerpo!». Se entabla una discusión: «Entre Rosario y Laranjal hay una piedra que brilla sobre una colina. Se la ve desde kilómetros de distancia, pero sobre todo durante la noche. —¿Quizá es cristal? —No, el cristal no alumbra durante la noche, sino el diamante. —¿Y nadie va a buscarlo? —¡Oh! Los diamantes como ése tienen marcadas desde mucho antes la hora de su descubrimiento y el nombre de su poseedor!».

Los que no desean dormir van a situarse, a veces hasta el alba, al borde del río, donde han descubierto las huellas del jabalí, del capivara o del tapir; intentan vanamente la caza con el batuque, que consiste en golpear el suelo con un bastón grande, a intervalos regulares: pum... pum... pum... Los animales creen que caen frutos y llegan, según parece, en un orden inmutable: primero el jabalí, luego el jaguar...

También suelen limitarse a alimentar el fuego durante la noche. Después de haber comentado los incidentes del día y haber tomado mate, a nadie le queda más por hacer que deslizarse en la hamaca, aislado por el mosquitero. Este se tiende por medio de un complicado juego de varillas y de piolines, medio capullo, medio barrilete, y su faldón debe levantarse desde adentro, para que ninguna parte roce el suelo; así, forma una especie de bolsillo que el pesado revólver mantendrá cerrado con su peso, al mismo tiempo que permanece al alcance de la mano. Poco después la lluvia empieza a caer".


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